José, de ochenta y un años, estaba sentado en el suelo frío de una cocina lujosa de Madrid.
Tenía el cabello blanco y las manos temblorosas.
Frente a él había un pequeño plato de arroz.
Valentina, de treinta y dos años, comía carne asada en la mesa.
— ¡Tu lugar está en el suelo, viejo!
José bajó la mirada.
— Solo quería comer con vosotros.
Ella se rio con desprecio.
— Deberías agradecer que todavía tienes comida.
En ese instante, Alejandro entró en la cocina.
Al ver a su padre sentado en el suelo, dejó caer su bolso.
— ¿Por qué mi padre está comiendo en el suelo?
Valentina se cruzó de brazos.
— ¡Tu padre no es más que un viejo inútil!
Alejandro la miró con una mezcla de rabia y tristeza.
— ¡Fuera de mi casa! ¡Ya no formas parte de mi familia!
Valentina quedó paralizada.
Pero Alejandro aún no conocía toda la historia de los sacrificios de su padre.
Un padre que trabajaba de noche
José había sido conductor de trenes durante muchos años.
Vivía con su esposa y su hijo en un barrio modesto de Madrid.
Su trabajo exigía horarios difíciles.
A veces salía de casa cuando Alejandro estaba durmiendo.
Otras veces regresaba antes del amanecer.
Pero siempre encontraba tiempo para su familia.
Cuando Alejandro era pequeño, José le llevaba maquetas de trenes.
Le enseñaba a construir vías con piezas de madera.
— Un tren llega a su destino porque muchas personas hacen bien su trabajo, decía.
Alejandro escuchaba fascinado.
La enfermedad de su madre
Cuando Alejandro tenía doce años, su madre enfermó gravemente.
José tuvo que trabajar más horas para cubrir los gastos.
Durante meses, acompañó a su esposa a consultas y tratamientos.
Alejandro lo veía cansado, pero nunca lo escuchaba quejarse.
Finalmente, su madre murió.
José quedó destrozado.
Sin embargo, decidió seguir adelante por su hijo.
— Tenemos que cuidarnos el uno al otro, le dijo.
Alejandro abrazó a su padre.
El sueño universitario
Años después, Alejandro fue admitido en una universidad prestigiosa.
Deseaba estudiar ingeniería.
Pero los gastos eran demasiado altos.
José vendió un terreno que había heredado de sus padres.
No se lo contó a Alejandro inmediatamente.
Cuando el joven descubrió la verdad, protestó.
— Papá, ese terreno era tuyo.
José respondió:
— Y yo he decidido invertirlo en lo más importante de mi vida.
Alejandro prometió que algún día le ofrecería una vida cómoda.
El éxito y el matrimonio
Alejandro terminó sus estudios.
Fundó una empresa de ingeniería ferroviaria.
Su negocio prosperó.
Compró una gran casa en Madrid.
Cuando José envejeció y empezó a necesitar ayuda para algunas actividades, Alejandro lo invitó a vivir con él.
El anciano aceptó.
Valentina, la esposa de Alejandro, no estaba contenta.
Le molestaban las costumbres sencillas de José.
Se burlaba de su ropa vieja.
Criticaba sus historias sobre trenes.
Y decía que su presencia arruinaba la elegancia de la casa.
Una humillación cada vez mayor
Cuando Alejandro estaba en casa, Valentina fingía respetar al anciano.
Pero cuando su marido salía a trabajar, cambiaba.
Le prohibía sentarse en determinadas sillas.
Le exigía que comiera solo.
Un día, José derramó un poco de arroz.
Valentina se enfadó.
— ¡Eres incapaz de hacer nada bien!
Desde entonces, comenzó a obligarlo a comer en el suelo.
José soportaba la situación en silencio.
No quería destruir el matrimonio de Alejandro.
La verdad sale a la luz
El día en que Alejandro volvió antes de lo previsto, vio a su padre comiendo del plato colocado en el suelo.
Sintió una vergüenza profunda.
Se arrodilló a su lado.
— Papá, perdóname por no haberme dado cuenta.
José intentó tranquilizarlo.
— Hijo, no quiero que discutáis por mí.
Alejandro negó con la cabeza.
— No eres el problema.
Después miró a Valentina.
Ella insistió en que José era una carga.
Alejandro comprendió que no se trataba de un accidente ni de un malentendido.
Le pidió que abandonara la casa y comenzó los trámites necesarios para separarse.
Una caja de recuerdos
Días después, Alejandro ayudó a José a organizar sus pertenencias.
Encontró una vieja caja metálica.
Dentro había fotografías, boletos de tren y cartas.
Una fotografía mostraba a Alejandro de niño, sonriendo junto a una locomotora.
José la tomó con cariño.
— Aquel fue tu primer viaje en la cabina de un tren, durante una jornada autorizada para familias.
Alejandro sonrió.
Recordaba perfectamente aquel día.
Luego encontró un documento antiguo.
Era la venta del terreno familiar.
Comprendió de nuevo cuánto había sacrificado su padre.
Un sueño pendiente
Alejandro preguntó:
— Papá, ¿hay algo que siempre hayas querido hacer y nunca hayas podido?
José pensó unos segundos.
— Me habría gustado viajar por España sin tener que trabajar. Ver las estaciones con calma, como un pasajero.
Alejandro sonrió.
— Entonces vamos a hacerlo.
El viaje de los dos
Durante varias semanas, organizaron un viaje en tren.
Visitaron distintas ciudades.
José disfrutaba observando los paisajes.
Contaba historias sobre antiguas rutas ferroviarias.
Alejandro lo escuchaba como cuando era niño.
En cada estación se hacían una fotografía.
José parecía cada vez más feliz.
Una sorpresa en la estación
Al regresar a Madrid, Alejandro llevó a su padre a una pequeña exposición ferroviaria.
Allí habían preparado una sorpresa.
Una antigua locomotora restaurada llevaba una placa con su nombre.
« En honor a José, por una vida dedicada al ferrocarril y a su familia. »
José se quedó sin palabras.
— ¿Por qué has hecho esto?
Alejandro respondió:
— Porque durante años llevaste a otras personas a sus destinos. Y también me ayudaste a encontrar el mío.
José comenzó a llorar.
La última cena
Esa noche regresaron a casa.
Alejandro preparó la comida favorita de su padre.
Colocó dos platos en la mesa.
José se sentó lentamente.
Miró a su hijo.
— No necesitaba una casa tan grande para ser feliz.
Alejandro sonrió.
— Lo sé, papá.
José añadió:
— Solo necesitaba saber que seguía teniendo un lugar en tu vida.
Alejandro le tomó la mano.
— Siempre lo has tenido.
Comieron juntos.
Después, José sacó de su bolsillo una pequeña locomotora de juguete.
Era la misma que le había regalado a Alejandro cuando era niño.
— Quería devolvértela.
Alejandro negó con la cabeza.
— Guárdala tú. Todavía tenemos muchos viajes por delante.
Valentina había obligado a José a comer en el suelo porque creía que un anciano sin dinero ya no tenía valor. Pero Alejandro descubrió que su padre había sacrificado años de trabajo y sus propios sueños para darle un futuro. El viaje en tren les permitió recuperar algo más importante que cualquier fortuna: el tiempo que todavía podían compartir.
